diumenge, 15 de desembre del 2019

Romance de Delgadina (romanç de tradició oral, s. XV)

Tres hijas tenía el rey,

todas tres como la plata,

y la más pequeña de ellas,

Delgadina se llamaba.

Un día al ir para misa,

su padre la reparaba:

Delgadina, Delgadina,

tú has de ser mi enamorada.

No lo quiera el Rey del cielo

ni la Virgen soberana.

Ser yo mujer de mi padre,

de mis hermanos madrastra!

La agarra por los cabellos

y a una torre la arrastrara;

no la daba de comer,

más que pez y agua salada.

Delgadina con gran sede

se asomara a la ventana

y viera abajo a su madre

en silla de oro sentada.

Madre, si es usted mi madre,

por Dios deme un jarro de agua

que el alma tengo en un hilo

y la vida se me acaba.

Vete de ahí, hija de perro;

vete de ahí perra malvada,

que va para cuatro años

que me tienes mal casada.

Delgadina con gran sede

se asomó a otra más alta,

y viera allí a sus hermanas

lavando paños de Holanda.

Por Dios os lo pido, hermanas,

que me deis un jarro de agua,

que el alma tengo en un hilo

y la vida se me acaba.

Yo bien te lo diera, hermana,

y todas las que aquí lavan,

pero si padre lo sabe,

la cabeza nos cortara

Delgadina con gran sede,

asomose a otra más alta,

y abajo viera a su padre

con gran jueguito de barra.

Padre, si es usted mi padre,

por Dios deme un vaso de agua

que el alma tengo en un hilo,

y la vida se me acaba.

Yo bien te la diera hija,

pero has de cumplir palabra.

Yo se la cumpliré, padre,

aunque sea de mala gana.

Alto, alto, mis criados,

a Delgadina dadle agua

Unos van con jarros de oro,

otros con jarros de plata.

Más por mucho que corrieron,

Delgadina muerta estaba

A los pies de Delgadina,

una fuente que manaba.

El primero que llegase,

la vida tiene ganada

el último que llegase,

la vida tiene jurada.

La cama de Delgadina

de ángeles está rodeada

y la cama de su padre,

de sierpes y cosas malas.


La gitanilla. Miguel de Cervantes (1547-1616)

Libres y exentos vivimos de la amarga pestilencia de los celos; nosotros somos los jueces y verdugos de nuestras esposas y amigas; con la misma facilidad las matamos y las enterramos por las montañas y desiertos como si fuesen animales nocivos; no hay pariente que las vengue, ni padre que nos pidan su muerte.



CLARAS FUENTECILLAS. María de Zayas y Sotomayor (1590-1661)

Claras fuentecillas,
pues murmuráis,
murmurad a Narciso
que no sabe amar.
Murmurad que vive
libre y descuidado
y que mi cuidado
en el agua escribe;
si sabe mi pena,
que es dulce cadena
de mi libertad.
Murmurad a Narciso
que no sabe amar.
Murmurad que tiene
el pecho de hielo,
y que por consuelo
penas me previene:
responde que pene
si favor le pido,
y se hace dormido
si pido piedad;
murmurad a Narciso
que no sabe amar.
Murmurad que llama
cielos otros ojos,
más por darme enojos
que porque los ama,
que mi ardiente llama
paga con desdén,
y quererle bien
con quererme mal;
murmurad a Narciso 
que no sabe amar.
Y si en cortesía
responde a mi amor,
nunca su favor
duró más de un día;
de la pena mía
ríe lisonjero
y aunque ve que muero
no tiene piedad;
murmurad a Narciso
que no sabe amar.
Murmurad que ha días
tiene la firmeza,
y que con tibiezas
paga mis porfías;
mis melancolías 
le causan contento,
y si mudo intento,
muestra voluntad:
Murmurad a Narciso
que no sabe amar.
Murmurad que he sido
eco desdichada,
aunque despreciada,
siempre lo he seguido;
y que si le pido
que escuche mi queja,
desdeñoso deja
mis ojos llorar:
Murmurad a Narciso
que no sabe amar.
Murmurad que altivo,
libre y desdeñoso
vive, y sin reposo,
por amarle, vivo;
que no da recibo
a mi tierno amor,
antes con rigor
me intenta matar:
Murmurad a Narciso
que no sabe amar.
Murmurad sus ojos
graves y severos,
aunque bien ligeros
para darme enojos,
que rinde despojos
a su gentileza
cuya altiva alteza
non halla su igual:
Murmurad a Narciso
que no sabe amar.
Murmurad que ha dado
con alegre risa 
la gloria de Belisa,
que a mí me ha quitado,
no de enamorado,
sino de traidor,
que aunque finge amor,
miente en la mitad:
Murmurad a Narciso
que no sabe amar.
Murmurad mis celos
y penas rabiosas,
ay, fuentes hermosas,
a mis ojos cielos,
y mis desconsuelos,
penas y disgustos,
mis perdidos gustos,
fuentes, murmurad,
y también a Narciso
que no sabe amar.